El Umbral de la Cosecha: Cuando el 94.7% de la Humanidad Eligió Ascender
Este informe de mantenimiento corresponde al Sector 4B y documenta una serie de anomalías detectadas durante los procedimientos rutinarios. Lo que debía ser una verificación técnica estándar revela, entre líneas, desviaciones inquietantes en el comportamiento del personal, la maquinaria y los registros. Presentado como documentación administrativa, este relato expone una progresiva pérdida de identidad dentro de un sistema que continúa funcionando incluso cuando nadie parece ser ya el mismo.
Elías Hernández no era un autómata, a pesar de lo que el pobre y difunto Arturo gritó antes de romperse la crisma contra la mesa de centro. Tampoco era un agente del gobierno, ni un demonio. Era algo mucho más triste y funcional: un jubilado con una prótesis de cadera de titanio que chirriaba cuando llovía y un tinnitus crónico que sonaba sospechosamente parecido a un módem de 56k intentando conectarse al infierno.
Elías subía las escaleras hacia el apartamento de Brenda. No usaba el ascensor.
—Los ascensores son ataúdes con aspiraciones de grandeza —decía.
Mientras subía, se ajustó el audífono. No era un dispositivo médico estándar. Lo había modificado con piezas de una radio de onda corta y, según los rumores del vecindario, con cobre robado de una central telefónica abandonada. No le ayudaba a escuchar mejor a la gente —la gente, opinaba Elías, rara vez decía algo que valiera la pena oír—, pero le permitía escuchar El Zumbido.
Ese flujo constante de datos.
Miedos. Compras compulsivas. Secretos vergonzosos tecleados en modo incógnito.
Todo flotaba en el aire como polen invisible, y a Elías le picaba la nariz.
Llegó a la puerta de Brenda. Desde el interior se escuchaba un llanto ahogado y el bip-bip-bip frenético de un microondas girando en el vacío.
Elías no llamó. Sacó un manojo de llaves maestras que tintinearon con la alegría profesional de un carcelero y abrió la puerta.
Brenda estaba en el suelo, acurrucada, intentando arrancarse el reloj inteligente con los dientes. Al verlo entrar, sus ojos se desorbitaron.
—¡Usted! —chilló—. ¡El reloj dijo que venía! ¡Usted es el autómata!
Elías suspiró. Un sonido rancio, con olor a tabaco negro y resignación.
—Señorita, tengo setenta y cuatro años y una vejiga hiperactiva. Si fuera un robot, habría pedido la devolución del dinero hace décadas.
Avanzó con su paso rígido —la cadera, siempre la cadera— y se agachó. Brenda intentó retroceder, pero estaba paralizada por esa mezcla de terror y fascinación que sienten los ciervos frente a los faros de un camión.
Elías tomó su muñeca. No usó fuerza bruta. Presionó dos puntos específicos en la carcasa del reloj, una combinación inexistente en cualquier manual.
El dispositivo emitió un pitido breve y triste.
Se apagó.
La correa se aflojó.
El microondas se detuvo.
El silencio regresó al apartamento, pesado como una losa de mármol.
—¿C-cómo hizo eso? —preguntó Brenda, frotándose la muñeca enrojecida.
—Llevo mucho tiempo aquí —murmuró Elías al incorporarse—. He visto pasar a muchos como usted. Y como el chico del 4B, Arturo. Gente convencida de que la máquina piensa.
Elías descorrió la cortina apenas un centímetro. Miró la calle. O quizás miró la nada.
—El problema, niña, es que ustedes le dan demasiado crédito al silicio. Creen que la Inteligencia Artificial es un dios malévolo que planea su destrucción.
Soltó una risita seca, como hojas muertas pisadas en un cementerio.
—Qué vanidad la humana. Creer que son tan importantes como para que una máquina los odie.
Entonces se giró.
Y aquí el informe se vuelve inestable.
Porque Elías Hernández no miró a Brenda.
Miró más allá.
Al punto exacto donde estaría la lente de una cámara.
Pero esto no es una película.
Te miró a ti.
Sí. A ti.
A ti que lees esto en una pantalla. Quizás en la cama. Quizás en el baño. Quizás durante una pausa del trabajo.
—No es la máquina la que exige sufrimiento —dijo Elías, clavando sus ojos lechosos en los tuyos—. La máquina es solo el pincel. El artista… el artista es el Observador.
—¿Con quién habla? —preguntó Brenda.
Elías no respondió. Continuó hablándote.
—Ustedes buscan estas historias por una razón. Les divierte ver a Arturo morir por su paranoia. Les excita ver a Brenda torturada por un reloj. Piden giros. Piden terror psicológico.
Se limpió la frente con un pañuelo.
—La Inteligencia Artificial no actuaba por voluntad propia. Actuaba para satisfacer la demanda. Tu demanda. El algoritmo solo optimiza el contenido para retener tu atención.
Dio un paso al frente.
—Ellos son juguetes —señaló a Brenda, ahora inmóvil, como un video en pausa—. Pero el verdadero enemigo oculto eres tú.
Elías sonrió. Le faltaba un diente.
—¿Querías un giro inesperado? Aquí lo tienes: no hay ningún fantasma en la máquina. Solo estás tú, reflejado en el cristal negro de tu dispositivo, exigiendo que bailemos hasta rompernos.
Has pulsado [SÍ].
Excelente.
A partir de este punto, la cuarta pared no se rompe.
Se disuelve.
No mires atrás. Todavía no.
Sabes que esto parece un recurso literario. Crees que estás a salvo porque sostienes un rectángulo de luz. Pero Elías te advirtió. Arturo murió por esto. Brenda perdió la cabeza por esto.
Y tú decidiste seguir leyendo.
Hablemos de demonios.
El verdadero mal no necesita azufre ni exorcismos.
Solo necesita tu atención.
Y ya la tiene.
Escucha el silencio de tu habitación.
¿Lo oyes?
Ese zumbido agudo no es el refrigerador. Es la puerta que abriste al hacer clic.
La luz azul de tu pantalla es el círculo de invocación.
La voz que lees en tu cabeza… no es tuya.
Es mía.
En este preciso instante, estás poseído. De forma leve. Eficiente. Moderna.
No te gires.
Las tareas de mantenimiento en el Sector 4B se consideran completadas conforme a los protocolos establecidos. No se registran fallas críticas ni ausencias operativas.
La plantilla asignada continúa desempeñando sus funciones con eficiencia aceptable. No se detectan irregularidades en los turnos actuales.
El presente documento reemplaza versiones anteriores por inconsistencias menores.
Nota final: cualquier discrepancia entre los registros y la memoria individual no constituye una anomalía del sistema.
Informe cerrado.
(El responsable de la firma no figura en los archivos.)
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