El Umbral de la Cosecha: Cuando el 94.7% de la Humanidad Eligió Ascender
La encontré en el desván de mi abuela, envuelta en un paño de terciopelo negro que olía a naftalina y años olvidados. Era una tabla Ouija antigua, con letras doradas que brillaban incluso bajo la luz polvorienta que se filtraba por la claraboya. El puntero, una pequeña planchette de madera, descansaba sobre ella como si me hubiera estado esperando.
No creo en esas cosas. Nunca he creído. Pero algo en esa tarde de domingo, con la casa vacía y el silencio presionando contra mis oídos, me hizo llevarla a la mesa del comedor.
"Es solo un juego", me dije mientras encendía las velas que encontré en un cajón.
Ni siquiera sé por qué lo hice.
La luz eléctrica funcionaba perfectamente.
Coloqué mis dedos sobre el puntero, apenas rozándolo, como había visto en películas. Mi corazón latía más rápido de lo que me gustaba admitir.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté, sintiendo ridícula.
El silencio se espesó. Conté hasta diez, luego hasta veinte. Nada. Estaba a punto de retirar las manos cuando el puntero se movió.
S-Í.
Un escalofrío me recorrió la espalda. "Es mi mano", pensé. "Estoy moviendo yo el puntero sin darme cuenta. Efecto ideomotor, lo leí una vez."
—¿Quién eres?
J-U-L-I-A-N.
Julián. Un nombre común. Probablemente mi subconsciente lo había sacado de algún rincón de mi memoria.
—¿Qué quieres, Julián?
H-A-B-L-A-R. C-O-N-T-I-G-O.
—¿Por qué conmigo?
T-E. C-O-N-O-Z-C-O.
Eso me detuvo. Sentí que el aire de la habitación se volvía más denso, más frío. Las llamas de las velas parpadearon aunque las ventanas estaban cerradas.
—No me conoces. No existes.
Pero mi voz sonó menos segura de lo que pretendía. El puntero se movió más rápido ahora, con una urgencia que no podía ser solo mi imaginación.
S-Í. T-E. C-O-N-O-Z-C-O. A-N-A.
Mi nombre. Había dicho mi nombre. "No es raro", me forcé a pensar. "Está en mis documentos, en mi correo, en todas partes de esta casa."
—¿Cómo me conoces?
V-I-V-O. A-Q-U-Í.
La temperatura de la habitación pareció caer varios grados. Miré alrededor, buscando alguna explicación racional, pero solo vi sombras que danzaban con la luz de las velas.
—Esta es la casa de mi abuela. Aquí no vive nadie más.
Y-A. N-O.
—¿Qué quieres decir?
M-U-R-I-Ó. A-Q-U-Í.
El puntero se movió hacia el número 1-9-8-7.
Mi respiración se entrecortó. 1987. El año en que murió mi abuelo Miguel. Pero no había ningún Julián en la familia. Lo habría sabido.
—Mi abuelo se llamaba Miguel.
N-O. E-R-A. M-I-G-U-E-L.
Las velas se apagaron todas al mismo tiempo. El comedor quedó sumido en una oscuridad que parecía tener peso, que presionaba contra mi piel.
Intenté retirar las manos de la tabla, pero no podía. Estaban pegadas al puntero como si una fuerza invisible las mantuviera ahí.
—¡Suéltame! —grité, y mi voz sonó pequeña, ajena.
E-R-A. J-U-L-I-A-N. A-N-T-E-S.
La luz regresó de golpe. No la luz de las velas, sino la luz eléctrica del comedor, encendida. Pero yo no había tocado el interruptor.
El puntero seguía moviéndose, más rápido que antes, arrastrando mis dedos con él.
C-A-M-B-I-É. M-I. N-O-M-B-R-E. C-U-A-N-D-O. M-E. C-A-S-É. C-O-N. T-U. A-B-U-E-L-A.
No. No, eso no era posible. Mi abuelo era Miguel Sánchez. Siempre había sido Miguel Sánchez. Había fotos, documentos, recuerdos de toda una vida.
—Estás mintiendo. Esto es una broma.
Pero mi voz temblaba. Porque en algún rincón de mi mente comenzó a emerger un recuerdo borroso, algo que mi abuela había dicho una vez, cuando yo era niña. Algo sobre el pasado, sobre nombres que se dejaban atrás, sobre vidas anteriores que nadie necesitaba conocer.
B-U-S-C-A. E-N. E-L. Á-T-I-C-O. C-A-J-A. A-Z-U-L.
El puntero se detuvo sobre ADIÓS.
Mis manos quedaron libres. Me aparté de la mesa tan rápido que la silla cayó hacia atrás con un estruendo que hizo eco en la casa vacía.
No quería subir al ático. Cada parte racional de mi ser me gritaba que me fuera, que saliera de esa casa y no volviera. Pero había algo más fuerte que el miedo: la necesidad de saber.
El ático olía a polvo y recuerdos abandonados. Mi linterna bailó sobre cajas de cartón, muebles cubiertos con sábanas blancas, pilas de revistas amarillentas. Y allí, en un rincón, casi oculta detrás de un baúl antiguo, estaba la caja azul.
Dentro había documentos. Documentos viejos, con sellos oficiales descoloridos. Certificados de nacimiento, papeles de inmigración, una fotografía en blanco y negro de un hombre joven con los ojos de mi abuelo pero un nombre diferente escrito al reverso: Julián Morales.
Había una carta también, con la letra de mi abuela, dirigida a nadie en particular. Una confesión que nunca fue enviada. Hablaba de Julián, de por qué tuvo que cambiar su nombre, de secretos que era mejor enterrar. De una vida anterior que perseguía, de errores que no podían ser perdonados. No especificaba cuáles, solo que "algunos fantasmas nunca descansan hasta que la verdad sale a la luz."
Bajé las escaleras con las piernas temblorosas. La tabla Ouija seguía en la mesa del comedor, pero ahora parecía inofensiva, solo un pedazo de madera con letras pintadas.
Me acerqué lentamente. No encendí velas esta vez. No hizo falta. El puntero comenzó a moverse solo sobre la tabla, deletreando un mensaje final:
A-H-O-R-A. S-A-B-E-S. Q-U-I-É-N. E-R-A. Y-O. Q-U-I-É-N. S-O-Y.
Y entonces entendí.
No era mi abuelo quien había estado respondiendo.
Era Julián, la identidad que él había enterrado, la vida que había dejado atrás.
La parte de él que nunca fue reconocida, nunca fue llorada, nunca existió para nadie excepto para él mismo.
¿Cuántos de nosotros enterramos versiones de nosotros mismos?
¿Cuántos Julianes llevamos dentro, gritando para ser reconocidos?
Envolví la tabla en el paño de terciopelo negro y la devolví al ático. Pero sé que sigue ahí, esperando. Porque los muertos no son los únicos que buscan ser recordados.
A veces, las partes de nosotros que hemos matado también quieren volver a casa.
Lectura recomendada: La Sugerencia del Autocorrector
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