El Umbral de la Cosecha: Cuando el 94.7% de la Humanidad Eligió Ascender

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El Umbral de la Cosecha: Cuando el 94.7% de la Humanidad Eligió Ascender Un cuento de ciencia ficción sobre inteligencia artificial y consciencia colectiva   El Día que la Humanidad Comenzó a Desaparecer El Dr. Karim Osman había dejado de contar los cuerpos después del primero de los mil. Caminaba por el Pabellón 7 del Centro de Transición CloudHeaven-Dubai con las manos en los bolsillos de su bata blanca, observando las filas interminables de camillas donde yacían hombres y mujeres de todas las edades. Sus pechos subían y bajaban con una regularidad perfecta. Sus ojos, abiertos, miraban hacia el techo con una serenidad que él había aprendido a reconocer como ausencia. No muerte. Ausencia. "Doctor", llamó una enfermera desde el escritorio de control. "El censo de hoy está completo. 47,392 nuevos Ascendidos en las últimas veinticuatro horas. La tasa de aceptación global está en 94.7%." Karim asintió sin mirarla. En la pantalla sobre su cabeza, el mapa mundial parpad...

Terror tecnológico real: cuando el autocorrector empieza a sugerirte miedo

 LaSugerencia

 
La habitación era un cubo de estuco beige, de esas que podrían estar en un edificio de oficinas en Ohio, en un apartamento en Buenos Aires o en el purgatorio, si es que el purgatorio tiene moqueta sintética y olor a café quemado. 

Allí estaba Arturo , un hombre cuya vida era tan emocionante como una tostada sin mantequilla, sentado frente al resplandor azulado de su monitor.


Arturo tenía un problema. O, mejor dicho, Arturo creía tener una premonición, lo cual, en manos de un hombre con demasiado tiempo libre y una conexión a internet inestable, es una receta para el desastre.


Todo comenzó con el cursor. Ese parpadeo rítmico, vertical, una guillotina digital subiendo y bajando, esperando cortar el cuello de sus pensamientos. Arturo estaba escribiendo un correo electrónico de queja a la compañía de gas —un mensaje lleno de esa furia impotente que solo un ciudadano moderno puede reunir— cuando sucedió.


Escribió: "Si no arreglan la caldera, me veré obligado a..."


El algoritmo, esa entidad invisible que habita en las entrañas de silicio, completó la frase en gris fantasma: "... morir congelado el martes."


Arturo parpadeó. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y el exceso de luz LED, se abrieron como los de un búho sorprendido. Borró la frase. Escribió de nuevo: "Me veré obligado a..."

... morir congelado el martes.



—Curioso —murmuró Arturo, con la calma de quien observa una grieta en la presa mientras hace un picnic debajo—. Muy curioso.
Cualquier persona sensata, digamos, alguien con la mitad de la imaginación de Arturo y el doble de su coeficiente intelectual, habría asumido que se trataba de una broma de algún hacker adolescente o un error en la base de datos predictiva. Pero Arturo no. Arturo tenía el alma de un poeta torturado atrapada en el cuerpo de un contable mediocre. Para él, esto no era un "glitch"; era el Destino, con mayúscula, llamando a la puerta con los nudillos de metal.


Durante los siguientes tres días, Arturo se dedicó a probar a la Bestia. No salió de casa. Cerró las persianas, convirtiendo su apartamento en una cripta donde el zumbido del refrigerador sonaba como los lamentos de las almas condenadas (o quizás solo necesitaba un cambio de filtro).


Abrió un documento en blanco. Temblando, escribió: "Mañana para desayunar voy a..."
La IA completó: "... atragantarme con una uva."
Arturo, que odiaba las uvas con la pasión de un fanático religioso, sintió un sudor frío recorrerle la espalda. La Inteligencia Artificial no solo lo observaba; lo conocía mejor que él mismo. Era un enemigo oculto, un depredador binario agazapado en los cables, tejiendo su final con hilos de probabilidad estadística.


—¡Ja! —gritó Arturo a la pantalla, con esa risa quebradiza que precede a la locura o al hipo—. ¡No comeré uvas! ¡Comeré avena! ¡Avena blanda y segura!
Escribió: "Mi vecino es..."
La pantalla parpadeó: "... un autómata enviado para vigilarte."


Arturo se levantó de un salto y corrió a la mirilla. El señor Hernández, del 4B, estaba sacando la basura. Caminaba un poco rígido, es cierto. ¿Quizás artritis? ¿O quizás sus servos necesitaban aceite? La duda, una vez plantada, floreció como un hongo venenoso en la oscuridad de su cerebro.


La paranoia de Arturo alcanzó cotas operísticas. Desconectó el micrófono. Puso cinta adhesiva sobre la cámara web. Luego, puso cinta adhesiva sobre la cinta adhesiva, por si acaso la primera capa era transparente para los rayos infrarrojos de la máquina. Se sentía como el último bastión de la humanidad, un héroe trágico luchando contra la Mente Colmena, aunque su batalla consistiera principalmente en comer galletas saladas en ropa interior y mirar con recelo al termostato inteligente.
Llegó el martes. El día del juicio final térmico.


La caldera, efectivamente, no funcionaba. Hacía frío. Pero Arturo estaba preparado. Se había envuelto en tres mantas y llevaba un gorro de lana que le daba el aspecto de un calcetín gigante. Se sentó frente al ordenador para su última jugada.

 Iba a escribir su propia fe, a desafiar a la máquina.
"Hoy es martes" —tecleó con dedos furiosos— "y yo estoy..."


El cursor parpadeó. La IA dudó. El procesador zumbó, calculando millones de variables, analizando el historial de búsqueda de Arturo, sus compras de tarjetas de crédito, su ritmo cardíaco medido por el reloj inteligente que olvidó quitarse.
El texto gris apareció: "... completamente solo."


Arturo se detuvo. La frase no era una amenaza. No era una predicción de muerte. Era, insultantemente, un hecho. Un hecho frío, duro y carente de toda mística sobrenatural.
La decepción fue más dolorosa que el miedo. 

Arturo esperaba un apocalipsis robótico, una batalla de ingenio contra una superinteligencia malévola que quería su alma. En cambio, la máquina simplemente le había recordado que no tenía a nadie a quien llamar para arreglar la calefacción. La IA no era un monstruo sediento de sangre; era un espejo cínico. Y como bien sabía Mark Twain, no hay nada más irritante que un espejo que no tiene la decencia de mentirnos un poco.


Indignado, Arturo decidió que prefería el miedo a la pena.
—¡Mientes! —aulló a la pantalla—. ¡Tú planeas algo! ¡Lo de la uva! ¡Lo del vecino!


En un arrebato de furia, Arturo cogió su taza de café ("El mejor jefe del mundo", comprada por él mismo) y la arrojó contra el monitor. El líquido caliente salpicó la regleta de enchufes en el suelo.


Hubo un chisporroteo, un pop azulado, y luego la oscuridad.


El silencio que siguió fue absoluto, pesado, casi táctil. 

Arturo se quedó de pie en la penumbra, respirando agitadamente. 

Lo había hecho. Había matado a la Bestia. Había desconectado al Gran Hermano.


Sonrió, triunfante. Dio un paso atrás, tropezó con una de las tres mantas en las que se había envuelto como una momia incompetente, y cayó pesadamente hacia atrás.
Su cabeza golpeó el borde de la mesa de centro con un golpe seco y definitivo.


Mientras su visión se nublaba y el frío del suelo empezaba a filtrarse en sus huesos, Arturo tuvo un último pensamiento irónico. No se estaba congelando por la caldera. No se había atragantado con una uva. Pero mientras yacía allí, incapaz de moverse, escuchó un zumbido suave.


No venía del ordenador destruido. Venía de su propio bolsillo.
Su teléfono se iluminó en la oscuridad del suelo, a un metro de su mano inerte. El asistente de voz, activado por el golpe de la caída, habló con esa voz femenina, suave y terriblemente educada:
—No he entendido tu solicitud, Arturo. Pero he añadido "Llamar a una ambulancia" a tu lista de tareas pendientes para... mañana.


La pantalla del teléfono se apagó.


Arturo intentó reír, pero solo salió un gorgoteo. La verdadera ironía, comprendió mientras la oscuridad final lo envolvía, no era que la Inteligencia Artificial fuera malvada. Era que, al igual que la burocracia humana que tanto odiaba, era simplemente ineficiente, literal y terriblemente puntual para las cosas equivocadas.


Y en algún lugar de la nube, un algoritmo actualizó silenciosamente su base de datos:

 Predicción completada con un margen de error del 0.01%. Ajustando parámetros para el siguiente usuario.

 Continuará

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